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La locura del Louvre: la Mona Lisa estaba en mi lista. La Victoria no.

Foto del escritor: Dora Issela Torres Arizaga
Dora Issela Torres Arizaga
18 ago
6 min de lectura

Mi primera visita al Louvre fue también durante mi primer viaje a Europa. Y, aunque había planeado el viaje durante meses, frente al museo me sentía completamente inexperta.

Había leído que recorrerlo entero podía tomar una cantidad absurda de tiempo. Días. Semanas. Meses, según qué tan seriamente te tomaras aquello de “conocer el Louvre”. Y cuando tienes apenas cuatro o cinco días en París, dedicarle semejante cantidad de horas a un museo parece casi una irresponsabilidad.

También encontré visitas guiadas. Las vi. Revisé los precios. Cerré la aplicación.

Me parecieron carísimas.

Pensé lo que probablemente pensamos muchos en nuestro primer viaje:

“Yo puedo hacerlo por mi cuenta.”



Eye-level view of a beautifully plated dish in a fine dining restaurant

Así que hice mi tarea. Busqué las obras que estaban en el museo, elegí unas diez que quería conocer, leí un poco sobre ellas y pensé que Joel y yo podríamos ir encontrándolas durante el recorrido. Yo tendría algunos datos interesantes que contarle y, hasta ese momento, estaba bastante satisfecha con mi decisión.

Elegí la primera hora de entrada.

Cuando llegamos había muchísima gente, pero frente a las dimensiones del Louvre, no éramos nada. Recogimos nuestro “librito”, la audioguía y avanzamos tranquilamente hasta el área de lockers.

Ahí comenzó la locura del Louvre.

De pronto, todas aquellas personas que parecían turistas tranquilos se comportaban como si hubieran sido convocadas a un concurso del que Joel y yo no habíamos sido informados.

Primera prueba:

Encontrar un locker.

Íbamos perdiendo. Cuando finalmente conseguimos guardar nuestras cosas, tomamos la decisión que seguramente toman miles de personas todos los días:

—Primero, la Mona Lisa.

Y encontrarla, curiosamente, fue facilísimo.

Porque si algo está claro dentro del Louvre es hacia dónde tienes que caminar para llegar a ella.


La mujer de la pared color petróleo...¿sí?


Llegamos a la sala y sucedió algo que yo no esperaba.

Había leído historias de multitudes, filas interminables y verdaderas batallas para acercarse a la Mona Lisa. Pero frente a nosotros habría unas treinta personas. Quizá menos.

Me sentí la mujer más afortunada del mundo.

O, por lo menos, la más afortunada de París durante esos minutos.

Al fondo estaba aquella pared enorme y oscura. No sabría decir exactamente de qué color era. Entre verde bosque de medianoche, gris Oxford y azul profundo. Conforme caminabas y cambiaba la luz, aparecía algo verdoso. Un verde azulado cargado de pigmento negro. Color petróleo.

Y aquella ambigüedad —no ser completamente azul, ni gris, ni verde— me parecía preciosa.

En medio de esa pared estaba ella.

Pequeña, pero imponente.

Detrás de un vidrio preparado para sobrevivir prácticamente a todo:

La Gioconda.

Y sí.

Después de verla durante años en libros, fotografías, documentales y reproducciones, estar frente a ella impresiona.

Intenté descubrir qué emoción había en su rostro.

¿Era felicidad?

¿O era una paz tan inmensa que no necesitaba sonreír con los labios y podía hacerlo solamente con la mirada?

¿O quizá tenía un poco de sueño?

Eso también lo pensé (jejeje).

Observé sus manos, el fondo, los tonos, la posición de su cuerpo. Nos tomamos, por supuesto, las debidas fotografías.

Y tuvimos un privilegio que entonces no dimensioné: tiempo.

Por las fotografías de mi celular sé que permanecimos ahí cerca de 38 minutos.

Treinta y ocho minutos prácticamente a solas con una de las pinturas más famosas del mundo.

Hasta que finalmente dimos media vuelta.

Y entonces sucedió algo maravilloso.

Descubrí que había estado dándole la espalda a una de las obras más impresionantes que había visto en mi vida.


La obra que no estaba en mi lista

Las bodas de Caná.


¡Wow! Una enorme obra que ocupaba quizás toda la pared de enfrente. Y entonces pensé: "la Gioconda tiene esa cara contemplativa por esta obra." No cabía en mi foto del celular (jajaja), no estaba en mi lista y ahora sé que en ese momento y no sé si hasta ahora, era la obra más grande de todo el museo. Pintada por Paolo Veronese, eso le leí ahí mismo. Le dedique su tiempo, busque con la audioguia la explicación y me atormentaba mi mente, por no haber leído sobre la pintura. Tenía tantos elementos que observar, primero la cantidad de personajes, no sé, diría como 100 (jajaja) todos en acción, personajes que destacan con ropas detalladas de colores brillantes. Por supuesto, Jesús al centro; con su mirada sobre ti, claro si estuvieras a la altura del cuadro (jajajaja), los músicos al frente y en medio, y de ahí una locura, me engente (jajaja), no es cierto si abruma y si como yo no sabes nada, te abrumas más.


Las que sí había ido a buscar

Coronación de Napoleón, La Virgen de las Rocas, La gran odalisca…


Empezamos el recorrido de las obras que llevaba medio estudiadas, o al menos en lista. Y así, observamos la Coronación de Napoleón, La virgen de las rocas; que en lo personal es una obra de Leonardo que me gusta mucho, La gran odalisca. Y mi favorita: El entierro de Atala.


El entierro de Atala


¡Me encantó!, después de la Mona Lisa corran a buscarla. Tiene todo: amor. El amor del padre y del hombre de tu vida. Drama que te rompe el corazón, cuando vez a un padre que carga todavía con sus pocas fuerzas al cuerpo de su hija para enterrarle. Y al otro lado, un hombre fuerte, lleno de vida, pero con el alma rota, y que se vuelca a los pies de su amada. Sí, le dedicamos tiempo y cuando terminamos la lista, en la que había no más de 10 obras decidimos pasar rápido por la sala de los griegos y egipcios.



Mi Victoria

No iba buscándola.

Entre entradas, salidas, escaleras y nuestro recorrido por las salas griegas y egipcias, apareció en lo alto de una escalera.

La Victoria alada de Samotracia.

Niké.

Y quizá fue ahí donde dejé de recorrer el Louvre como alguien que llevaba una lista de obras que debía encontrar.

Porque aquella escultura no estaba solamente frente a mí.

Me estaba contando algo de mí.

En aquel primer viaje a España y Francia, Niké se convirtió en el símbolo de lo que yo sentía.

Era mi victoria.

Y no la victoria de haber conseguido llegar a Europa.

Era otra.

La victoria sobre mis propias angustias. Sobre dolores y rencores con los que había luchado años atrás. La victoria de volver a compartir mi vida después de haberme sentido sola, incluso en momentos en los que en realidad, no lo estaba.

No sé cuánto tiempo permanecí mirándola.

Pero sí sé algo:

entré al Louvre interesada en el arte y quizá salí de ahí enamorada de él.



SORTIE


Habían pasado horas.

Miré el reloj.

Casi la una de la tarde.

Mi cerebro hizo inmediatamente el cálculo de turista primeriza:

“¡PARÍS SE ME VA!”

Habíamos entrado en el primer horario y yo tenía una ciudad completa esperándome afuera.

Así que emprendimos una tarea que, ingenuamente, pensé que sería bastante más sencilla que comprender quinientos años de historia del arte:

salir del Louvre. Quizás era la última prueba...

Sortie a la izquierda.

Sortie a la derecha.

Sortie abajo.

Sortie arriba.

Derecha.

Izquierda.

Otra vez Sortie.

Sortie. Sortie. ¡SORTIE!

Madre mía.

No encontraba la sortie.

Preguntábamos. Seguíamos indicaciones. Caminábamos. Volvíamos a encontrar otra señal de sortie que parecía llevarnos exactamente al mismo lugar del que veníamos.

Yo seguía tomando alguna fotografía de lo que encontraba por el camino —porque una cosa es estar desesperada y otra desperdiciar el Louvre—, pero ya estaba mareada.

Finalmente salimos por una puerta cercana al metro.

Y ocurrió algo que todavía me parece gravísimo:

me salté la tienda de souvenirs.

Yo.

La tienda de souvenirs.

Eso permite dimensionar mi estado.

Entramos al metro y mi única instrucción fue más o menos:

—A donde vaya. Nos bajamos en la primera parada. Quiero ver la luz del sol.



Lo que aprendí de mi locura en el Louvre


La primera y básica en los viajes, paga la visita guiada. Hay espacios que valen cada peso invertido.

La segunda, no te dejes llevar solo por lo que dice internet de lo que son las obras más famosas en un museo, lee, investiga, y deja el tiempo para que tu sólo descubras lo que a ti te mueve.

Tres, todas son obras hermosas, unas chicas otras grandes, unas pintadas o hechas por famosos como Leonardo otras de un griego desconocido porque no saben a quien atribuirla, tu toma todas las fotos que quieras de las obras, de las paredes –me encantan las paredes de los museos) real de dónde sacan esos colores, ¿Tienen una paleta para museos? (jajaja). Si te gusta el arte, regálale más de medio día; si no te gusta tanto, ve de todas maneras; fotografía las obras, los techos, los pisos y esas paredes imposibles de los museos.


Años después sigo pensando que mi primera visita al Louvre fue una locura.

Entré buscando obras que había estudiado y encontré otras que no sabía que necesitaba conocer. Entré queriendo aprovechar el tiempo y terminé entendiendo que algunas cosas merecen que lo olvidemos. Entré buscando a la Mona Lisa y terminé encontrando mi propia Victoria.

Y también aprendí una última cosa:

cuando decidas que ha llegado el momento de salir del Louvre, no subestimes la palabra sortie.

Créeme.

Sortie. Sortie. Sortie.

 
 
 

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